telefonos de pared antiguos

Qué pronto olvidamos

Qué pronto olvidamos. Recuerdo mi primer trabajo, donde el fax era LA herramienta. Éste ya convivía con un ordenador con cuenta de correo electrónico (aún soy joven, jajajajajaja). Casi lo adorábamos como una deidad y ya ni te cuento la fiesta que hacíamos cuando llegaba algún email proveniente del otro lado del mundo. Paralelamente empezaron a llegar los teléfonos móviles, otra flipada.

En esos tiempos, yo viajaba un montón, y me lanzaba a ello sin ninguna parafernalia tecnológica, si tenía suerte, podía hacer una llamada de mala calidad cada tres o cuatro días desde el hotel, y ni te cuento lo que costaba cada minuto, así que con un «hola estoy bien» se terminaba la conversación.

¿Y a qué viene este ataque de nostalgia?

Pues a que hace un par de semanas decidí vivir unos días sin teléfono móvil, estoy ya un poco harto de la presión informativa de estos días, y opté por una terapia de choque. Pasar de todo. Ya lo llevaba barruntando de hace días, porque este verano me instalé una app de esas que te hace un «tracking» del uso que le das al teléfono y no me estaba gustando lo que veía.

Así que decidí meter el móvil en un cajón. Y además amplíe el reto, decidí que podría el ordenador en modo offline.

Y aquí vuelvo al qué pronto olvidamos. Yo que me lanzaba sin móvil, ni ningún otro elemento de conexión, a viajar semanas enteras por países situados al otro lado del mundo. Ahora no las tenía todas conmigo cuando salí a correr unos pocos kilómetros sin él.

Además, me sentía como que estaba perdiendo el tiempo, porque no llevaba la típica app que registra mi desempeño en la carrera.

Lo más impactante fue cuando me volví a conectar ¿sabéis lo que me pasó? Que me decepcioné. Después de 48 horas sin móvil, pensaba que el mundo se habría terminado, y nada, todo seguía su curso. En lugar de estar contento, un sentimiento de decepción me invadió, ninguna urgencia me estaba esperando. Mal, muy mal.

Ni tanto ni tan poco. No hace tanto que vivía sin móvil y, ahora, allí estaba… con cara de tonto porque me había demostrado a mi mismo que podía seguir viviendo sin él.

En fin, una buena anécdota que me ha servido para reflexionar mucho, y os la quería compartir :).

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